Carne; leche, huevos, fideos y arroz; yerba, azúcar y harina; aceite, manteca y puré de tomate. Tengo la sospecha, la presunción que me olvido de algo, algo parecido a gol…pucha debí anotarlo. Maldita costumbre…esto de querer tener todo en la memoria.

 

Usualmente no tengo relación alguna sobre tareas relacionadas con el lugar en el que habito. En una confesión de honestidad brutal, como diría Andrés (Calamaro), les aclaro que no sé cambiar el cuerito de una canilla y es probable que me transpire todo si debo reemplazar el foco de la lámpara de alguna habitación. Así que saquen conclusiones. De algo más complejo, ni hablar.

Leer y escribir sí, con eso me gano la vida desde que cumplí 16 y pude educar a mis hijos. Ahora la prioridad es “La Lucky”, la querida nieta que me regaló como primera palabra un GOL clarito, perfecto, con una sonrisa plena, anticipándose -como la Palomita de Aldo Pedro Poy- al deseo que pronunciara papá o mamá, quienes desde entonces me lo recuerdan con no mucho cariño cada vez que pueden.

Pero esta cuarentena después de algunos días de encierro me generó la imperiosa necesidad de salir. Creo que en esta ciudad en la que no hay viento, sino que es donde vive el viento, lo estaba extrañando. ¿Al viento? Sí, al viento, ponele. O algo parecido.

Donde vivo hay dos galerías largas y un pasillo que las conecta justo en su nacimiento. Cierre los ojos y utilice la imaginación. Forman un arco de fútbol perfecto. De allí se conecta con un living que, juro que lo medí, tiene las mismas dimensiones que el vestuario principal de la Plaza Ocampo. La puerta conecta con una escalera que te conduce directamente al pasillo, donde el ruido del taco de mis zapatos, se asemeja al de los botines de los futbolistas en el túnel. Y de allí, a la cancha, digo a la calle.

 

Salgo por ese túnel, parafraseando la lista como si fuese la formación de un equipo para no olvidarme: Carne; leche, huevos, fideos y arroz; yerba, azúcar y harina; aceite, manteca y puré de tomate. Tengo la sospecha, la presunción que me olvido de algo, algo parecido a la palabra GOL…pucha debí anotarlo. Maldita costumbre…esto de querer tener todo en la memoria.

Esto de memorizar lo atesoré para siempre de un cuento que leí de Juan Sasturain: Sportivo Virreyes.

Paternó era un profesor de una escuela de adultos y tenía un método muy particular en la enseñanza.

Ritmo, explicaba Paternó: en principio, era una cuestión de ritmo. La memorización se sustentaba ―en parte― en encontrar la cadencia. Aunque no siempre alcanzaba con eso, advertía Paternó; y enseguida condescendía a recordar el cuento de Jaimito en que, cuando le tomaron la tabla del dos empezó así: «La la-lá, lá; la la-lá, lá; la la-lá, lá…». La maestra lo paró ahí: «¿Y eso qué es?». «Es la música de la tabla. La letra todavía no me la sé».

Y Paternó dejaba que la tropa riera, se dejaba franelear demagógicamente como docente permisivo y piola, capaz de contar cuentos en clase. Y enseguida, sobre el pucho y las risas, contaba otro.

Los alumnos eran incapaces de hilvanar el nombre de tres próceres, pero ante la pregunta a uno de ellos sobre la formación de Racing de la época recitaba sin vacilación la rítmica oración consabida: Negri; Anido y Murúa; Blanco, Peano y Sacchi; Corbatta, Pizzuti, Manfredini, Sosa y Belén.

Bien. Y a ver vos: ¿Cómo forma Boca? Y el otro empezaba: Roma; Silvero y Marzolini; Simeone, Rattín y Orlando…

 

―Está bien ―interrumpía Paternó yendo hacia el pizarrón, tiza en mano―. Hagan de cuenta que hoy van a aprender otro equipo: Sportivo Virreyes, si quieren. En el arco, Cevallos; dos backs: Vértiz y Del Campo ―y los ponía en forma de pirámide, respetando la vieja, clásica formación futbolera―; la línea media forma con Arredondo de half derecho, Melo de centrohalf y Olaguer de seis; adelante, de wing Avilés; Del Pino de insai; Sobremonte de nueve; Liniers de diez y Cisneros de wing izquierdo. A ver, léanlo, díganmelo. Y los alumnos lo repetían con la precisión inolvidable de una formación con camiseta y todo. Lo repiten todavía.

Cuando leí esto, me quedó para siempre y lo aplico  en muchos órdenes de la vida. No es un método infalible, qué va a ser, siempre me olvido de algo. Pero me sigue acompañando.

Ya estoy en la punta del túnel, digo del pasillo. No hay un alma en la peatonal con esto de la cuarentena por el Corona Virus, pero yo cierro los ojos y me imagino que es una multitud, son murmullos de tribuna que se convierten en gritos.

No salgo todavía. Repaso las cábalas. Son dos. Y creáme están relacionadas con dos hazañas futboleras y tienen que ver con formaciones.

No estoy loco, aunque lo parezca. Son dos formaciones que me acompañan siempre. Son los uruguayos del Maracaná, los del 50 que le ganaron a Brasil en la final del Mundial, y los 8 de Independiente que en Córdoba le empataron en la final a Talleres y fueron campeones. Yo soy de la teoría que si ellos pudieron, YO también puedo. Cada vez que pongo un pie en el túnel, digo en el pasillo, los traigo a la memoria.  Los uruguayos de aquél 16 de julio del 50 son Máspoli; Gambetta, González, Tejera y Andrade; Pérez, el gran Obdulio Varela (el Negro Jefe) y Schiaffino; Ghiggia, Míguez y Morán.  Y los del 25 de enero de 1978 del diablo son Rigante; Pagnanini, Villaverde, Trossero y Osvaldo Pérez; Larrosa, Rubén Galván y Bochini; Brítez (Biondi), Outes y Magallanes (Bertoni). Quedaron ocho en la cancha porque fueron expulsados Trossero, Galván y Larrosa. Me acuerdo de ellos y del gran Pato Pastoriza.

Ya está. Salgo a la cancha, digo a la calle, y me acompañan ellos.

No son muchos los metros que me separan del mercadito. Voy musitando formaciones, las que me acompañan y otras que vienen a la memoria como Stobbia, Gamarra, Rapetti, Cáceres y Formía; Sánchez, Molina y Hiotidis; Beltramo, Salinas y Agonil, la de Alumni del 84.

Debo haber ido hablando en voz alta porque al bajar desde los departamentos ubicados arriba de la sucursal del Banco Francés una señora entrada en años que todas las mañanas saca a pasear el perro me mira fijamente, como no entendiendo mi proceder. Intuyo que debe haber sido maestra de grado, de las bravas.

Sigo caminando y en forma de relato ensayo Montes; Mazzini, Abate Daga, Lupo y Carlomagno;

Fuentes, Martínez, Gianandrea y Kaputensky; Etrat y Ramallo, recordando al Alem del 80-81.

Llego al mercadito ubicado al lado de la estación de servicio, en el ingreso están en fila india, de a uno, para el ingreso. Pienso que es un partido de visitante, pero no me inquieta la situación. Dejo las formaciones históricas de River Plate, Colón, Yrigoyen y Rivadavia para el regreso.

Pongo la mente en modo-realidad y repaso…

Carne; leche, huevos, fideos y arroz; yerba, azúcar y harina; aceite, manteca y puré de tomate…Otra vez me asalta la duda…me estoy olvidando de algo, de algo parecido a la palabra gol.

Me toca el turno y como es “una cancha extraña” tengo que ser preciso y estudiar bien los movimientos. Hacer la pausa, levantar la cabeza. La falta de costumbre hace que el recorrido dure casi como 45 minutos, como los de un segundo tiempo, que es cuando casi siempre se definen los partidos.

No eran tantos artículos, sólo 11, que ya están en la bolsa. Los miro como si fueran tres puntos ganados de visitante. Los acomodo bien, los protejo, los observo como algo muy preciado.

Vuelvo inquieto en el regreso, pero a paso cansino, a lo Riquelme. Me viene a la memoria René Lavand, acaso el mayor ilusionista argentino, quien a los 9 años fue atropellado por un auto y perdió la mano y parte del brazo. “No se puede hacer más lento”, era la frase que utilizaba en sus trucos. Y así caminaba yo, rumbo a la peatonal, cuando me vuelvo a cruzar con la señora que yo supongo era una docente jubilada.

Me volvió a mirar como quien observa a alguien que no está en su sano juicio, mientras yo decía Chiampo; Jorge Fernández, Juan Carlos Fernández, Esquibel y Julio Fernández; Navarro, Cicarelli (Conti) y Giraudo; Sergio Martina, “Quito” Cecchini y “Pachi” Martina (Colón de Arroyo Cabral) a modo de relato radial y seguía con Ballario; Biedequini, Rena y Lauricella; Alves, Gabriel López, Bachanini y Alejandro Benito; Gustavo Benito, Héctor Barengo y Kuky López, los 11 de River Plate dirigidos por Raúl Galíndez y Lorenzo “Numa” Rodríguez.

Seguía con Yrigoyen y aparecía el equipo del “Chacho” Peñaloza con Bomprezzi; Schiavi, Ochoa y Róvere; Osés,Vicario, Dequino, Arena, Escudero; López y Páez.

Me aprestaba a seguir con la alineación de Rivadavia de Arroyo Cabral en el 74 cuando la señora, presurosa y con buenos modos, me alcanzó, me tomó del brazo y me preguntó. ¿Está Ud. bien señor? ¿Necesita que le llame a Seguridad Ciudadana?

Le respondí que sí, que estaba perfecto, que había salido a realizar unas compras y le mencioné uno a uno los artículos a modo de formación futbolera. Carne; leche, huevos, fideos y arroz; yerba, azúcar y harina; aceite, manteca y puré de tomate.

¿No compró Ud gel? me preguntó como si me hubiese estado tomando una lección ante la fila del Banco Francés que seguía atentamente el desarrollo del diálogo.

Fue entonces que ahí me acordé…Gel, gol, gel gol, gel gol, gel gol…

  (Ultimos síntomas del encierro – en cuarentena, Alberto Arce)

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