Escribe: Alberto Arce (p).

El miedo inmoviliza. Genera dudas…y la duda no es un lugar para quedarse a vivir por mucho tiempo.

El COVID-19 desde hace tiempo es mucho más que una amenaza. Hoy es un arma letal, que se aprovecha de los cuerpos de los más débiles y de las almas de quienes los rodean, dejando dolor, impotencia y heridas que tardarán en cerrar o que definitivamente no lo harán nunca.

Hasta una emergencia sanitaria como la que estamos atravesando es politizada a diario. Los que rechazaban las vacunas ahora critican porque las dosis son insuficientes,  los que defendieron un libertinaje, se contagiaron y fueron transmisores del virus a gran escala.

Y así estamos. Y así vamos. Mientras las muertes en la Argentina se cuentan de a cientos, por una segunda ola que ya no sólo ataca a los adultos mayores, sino que ha mostrado otra franja etaria más joven.

Todo parece indicar que las nuevas disposiciones, previstas hasta fin de mes, tendrían alguna continuidad posterior con algunas modificaciones a partir de junio.

Está claro que ya nada es como antes y no volverá a serlo. Que todo esto, aunque pase pronto, terminará por arrasar usos y costumbres. Que nos volveremos más solitarios, distantes y con hábitos modificados. ¿Creen que algún adulto volverá a compartir la bombilla de un mismo mate con un desconocido?, por citar sólo un ejemplo. Y que será de los abrazos? Sólo tienen chances de sobrevivir los apretones de manos o alguna palmada.

Nos queda un largo camino por recorrer y en lo que respecta a los más jóvenes, será fundamental que no pierdan la esperanza, la ilusión de que los sueños tienen matices diferentes cuando son colectivos.

Aún con estas limitaciones a medias, el deporte tiene una oportunidad de volver a recuperar valores que parecían perdidos.

Para construir un futuro mejor es necesario volver al pasado. Para que los clubes vuelvan a ser ese reducto en el que la vida se manifiesta de una manera diferente.

No hay (y no habrá) en el corto plazo competencias deportivas, pero eso no debe ser tomado literalmente como que la vida en las instituciones deportivas quedará detenida en el tiempo y hasta nuevo aviso.

Será necesario que los dirigentes (tiempos difíciles para esos hombres de corazones solidarios) encuentren la manera que los jóvenes se involucren, que se profundicen los ejemplos y lecciones de sentidos de pertenencia para mantener y de ser posible embellecer cada uno de los clubes.

Si no hay fútbol, básquetbol, rugby, hockey, atletismo o handball, por citar algunos ejemplos, siempre habrá una pared para pintar, una luminaria que reemplazar, ayudar al utilero, plantar un árbol o cortar el césped, mientras el confinamiento vaya dando paso a algunas actividades grupales.

Si la vida comunitaria en los clubes no es posible y el temor es que las redes sociales se adueñen de todo, hay que llevar al club a las redes, llenar de contenidos esa vía de comunicación a través de las redes sociales con tantos seguidores.

Ese el próximo partido a jugar. Y el que no hay que perder.

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