Por Alberto Arce (p)

Calculan, por la mirada, que debe venir de lejos. Y quienes sostienen esta afirmación están en lo cierto.
Ariel Benítez tiene 34 años (los cumplió el 2 de junio) y proviene de Alejandra, una localidad de cuatro mil habitantes ubicada en el Departamento San Javier, al norte de Santa Fe, fundada en 1870.
El flamante ganador de la Maratón Binacional Argentina – Uruguay cursó sus estudios primarios en la Escuela Joaquín V. González y luego fue alumno de la secundaria en el Instituto Almirante Brown.
Desde pequeño estuvo ligado al fútbol, a los 14 años ya jugaba en la reserva en el puesto más ingrato de todos: el de arquero.
Cuando tenía 15 años en un partido frente a Colón sufrió un golpe que le afectó el tímpano y allí se terminó la breve, pero feliz, estadía en el fútbol. El Club Deportivo Alejandra marcó su primer contacto con el fútbol y después recaló en Central San Javier.
En el futuro inmediato mucho tendría que ver el profesor Carlos Villalba, a quien su instinto le indicó que ese pibe tendría condiciones para otra actividad deportiva: el atletismo.
Las primeras competencias fueron en Alejandra y tras las primeras alegrías llegaron desafíos en el poblado siguiente, Román. Y luego una ciudad cercana, Reconquista, la tierra de Gabriel Batistuta.
A partir de ese momento el atletismo ya se había instalado en su sangre y en su cabeza, quería correr y conocía el rumbo. Pero lo que aún no tenía claro era el destino, que le deparaba un nuevo hogar, lejos de sus afectos.
El camino no sería fácil, porque los recursos económicos eran escasos.
“Mi madre era soltera y nosotros somos cuatro hermanos (Cristian, Lorena, Romina y yo, el menor). Crecimos con el enorme esfuerzo que ella hizo, con el apoyo de mis abuelos. Dormíamos todos en una misma pieza y nos vestíamos con ropa que nos brindaba Cáritas”, relata.
A los 10 años ya estaba colaborando con la angustiante economía familiar, trabajando en una panadería, luego en una verdulería, cortando el pasto en algunos sitios baldíos del pueblo.
Las primeras zapatillas para correr (y entrenar) fueron de un vecino que las descartó y las dejó en la basura para la recolección.
Ariel Benítez las recogió, las cosió y con ellas entrenó y corrió durante toda una temporada.
Más adelante, ya siendo un atleta juvenil, desde la Municipalidad de Alejandra apareció un apoyo con los viajes para poder viajar a las carreras de atletismo. Mientras tanto, aparecían algunos trabajos circunstanciales, pero que ayudaban, como zapatero o ayudante de albañil.
La lejana Villa María aparecía en su horizonte, con una historia atlética riquísima, que Ariel Benítez iría conociendo a cada paso y con un legado desconocido, el de Ramón Cervando Torres (el “Negro” Roldán): “Te dejo marcado el camino, no te apartes y llegarás a destino”.
Atrás había quedado su “descubridor” (Carlos Villalba) y en el camino aparecía una entrenadora: Carola Doñate, de quien se enamoró y entonces los entrenamientos y las competencias tuvieron un ritmo diferente, al igual que el brillo en los ojos y los latidos del corazón.
Una nueva etapa se abría para Ariel Benítez, ahora bajo la tutela de la profesora de la Universidad Nacional de Villa María.
Fue su entrenadora hasta hace algunos meses atrás. Ella lo preparó para lo que vendría. Las pruebas de fondo, media maratón, por ejemplo, lo tuvieron como gran protagonista y también muy buenos registros como 1h 12m en la media maratón en Buenos Aires, premiado por Adidas.
El deporte y la vida pueden alumbrar la inmensidad de las cosas pero nunca hay dignidad mayor que ser fiel a uno mismo y a cada amigo. Comenzaron a vibrarle los tobillos y también ardieron sus células, eso significaba el sentimiento que no hay acción más grande que la que se emprende con otro y para otro. Por eso, desde el alma, Carola y Ariel pasaron a ser parte del mismo equipo.
Decenas de carreras aparecían por delante y una planificación elaborada por Carola que incluía entrenamientos cotidianos, con recorridos vespertinos o nocturnos por la costanera o algún circuito elegido para la ocasión, como el acceso a “Los Algarrobos” en Villa Nueva. A veces doble turno, todo esto tras trabajar ocho horas en el cuidado y mantenimiento de una casa – quinta. Para largas distancias de práctica la costanera y para “pasadas” el ingreso al country.
El propietario le permite acomodar horarios, días y adelantar o postergar vacaciones, de acuerdo a las exigencias del calendario atlético.
La aparición de la Universidad Nacional Villa María también fue trascendente, porque además de los controles físicos y estudios médicos muchas veces colabora con los viáticos que permiten asegurar la participación en las competencias y mantener la continuidad.
En los recorridos cotidianos es muy importante estar acompañado y Guille (Agüero) es un amigo que siempre lo ayuda en los entrenamientos largos. El contribuyó con la preparación de la maratón.
Ariel Benítez no olvida sus raíces y en el relato narra que en estos momentos de euforia el deseo es abrazar a la gente de su pueblo, transmitirle que con esfuerzo se pueden conseguir logros. Alejandra no tiene deportistas de trascendencia nacional y para Ariel es escribir una página dorada en la historia de su gente es algo trascendental.
El es el único atleta que brindó la historia deportiva de Alejandra, con triunfos y registros trascendentes en los 10 kilómetros, en los 21 kilómetros (media maratón con marca elite) y ahora en los 42 (maratón).
Como todos tuvo ídolos, pero en la intimidad comenta que “muchos se cayeron del pedestal” por casos de doping. El único que sigue allí, en el podio, es el correntino Antonio Silio, para Ariel el mejor fondista que tuvo la Argentina.
Ariel Benítez ya sabe quien es el “Negro” Roldán. Si hasta juraría que a veces lo siente corriendo al lado reencarnado en su amigo Guillermo.
Aquella leyenda que corría fue campeón nacional en la media maratón durante 22 años seguidos, invicto hasta su muerte, se coronó como triple campeón sudamericano en Venezuela, disputó memorables carreras imponiéndose -en 1936, en la carrera más convocante del país- ante Delfor Cabrera, Eusebio Guiñez o Armando Sensini, quienes habían logrado el primer, cuarto y octavo puesto en los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Nacido en 1919, corrió desde los 14 años (en 1933) hasta su fallecimiento en 1996, recordaba Gustavo Ferradans en un escrito de hace algunos años.

En los nuevos tiempos del atletismo Ariel Benítez es el dueño del horizonte.

 

Nota publicada en su edición de hoy por Puntal Villa María. 

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