Carlos Navarro

El reposo de un guerrero

 

Por Alberto Arce (p)

Ilustración: Ramiro Manfredi

En Arroyo Cabral, como en muchas otras localidades, se puede nacer y morir, crecer y enamorarse. Pero es imposible no ser parte del fútbol.
La vida en el pueblo casi siempre abundó en gratas rutinas, salvo cuando algunos vientos cruzados hacían temblar las defensas naturales de la población o en estos tiempos complejos de Corona Virus que alertan, asustan, incomodan y generan temor e incertidumbre.

Dos clubes, dos canchas, el pueblo y las pasiones divididas.

Quienes forman parte de la familia del fútbol han comprobado fehacientemente que una cancha no representa otra cosa que una tierra de ilusiones. Y que entienden que, en este mundo de desamparos, el fútbol es una geografía mágica en la que se puede ser feliz.

Allí fue feliz el protagonista de esta entrevista, Carlos Alberto Navarro, uno de los mejores volantes por derecha que haya dado este fútbol en toda su historia. Varias veces campeón con Colón de Arroyo Cabral, integrante de los Seleccionados de la Liga Villamariense de Fútbol, convocado por Miguel Angel López, Mario Requena y Félix Loustau.

Fuimos hasta su casa, donde vive solo aunque con el afecto cercano, atento, siempre al alcance de la mano. Padre de José y Florencia, abuelo de Nacho, Mateo, Delfina y Naitán. Suegro de Daniel Abate Daga, el hijo del legendario “Lungo”.  

Lo sorprendió la idea de entrevistarlo. Hacía años que no nos veíamos. Y el reencuentro fue emotivo, con las ganas intactas de hablar de fútbol, la sed de escucharse y el hambre de mirarse para evocar con sonrisas encuentros, jugadas, fechas, equipos, futbolistas.

Antes de meternos decididamente en una cancha imaginaria, un vestuario o una sobremesa de fútbol, hablamos sobre los afectos. Y allí aparecieron los hijos y los nietos.

 

-Tengo cuatro nietos, tres de mi hija Florencia casada con Daniel Abate Daga (dos varones y una nena) y uno de mi hijo José (un varón).

Nunca fui de frecuentar los bares, ni tampoco de pararme a hablar con alguien en las esquinas, me considero un solitario, y soy feliz. Siempre o casi siempre fue así, desde pibe. Andar solo significa disponer de la libertad de los horarios, de vivir a tu manera, de ir dónde querés y en el momento que consideres oportuno. Más allá que viene una señora una vez a la semana para las tareas de la limpieza de la casa, en la diaria me la arreglo solo, como cuando me tocaba jugar por la banda derecha (se ríe).

-¿La enfermedad cruel lo marcó?

-Sí, claro, mucho. Primero perdí a mi esposa y luego tuve un cáncer de pulmón que me obligó a 36 sesiones de quimioterapia y medicamentos muy fuertes. Afortunamente no tuve que operarme, pero me quitó los últimos años de poder disfrutar del fútbol, cuando ya estaba jugando con los veteranos en el predio de Atilra, un grupo en el que estaban “Chacho” Peñaloza, “Panadero” López, “Chito” Rodríguez, “Tonafo” Demarchi, “Cabezón” Allasia, “Chueco” Araya, “Lalo” Martinetti, Carlos De Falco, Sergio Ponce,  Osvaldo Paesani, Jorge Monti, Oscar Donatti, Walter Rena, entre otros.

-Hoy ya está totalmente recuperado, ¿pero esos tiempos deben haber sido muy difíciles de sobrellevar?

-Yo trabajaba en la Cooperativa y cada vez venía más cansado, además me daba cuenta que perdía peso y que el cinto me quedaba muy holgado y semana a semana tenía que ajustarlo, hacerle algún agujero más. Había bajado como 15 kilos. Por entonces era septiembre de 2008 cuando decidí ir al médico, que conocía mi vida, lo del fallecimiento de mi señora y me envió a un psicólogo, pensando que podía tratarse de un cuadro de depresión. El psicólogo me recetó unas pastillas que me cayeron nada bien. Walter Rena y Jorge Monti me sacaron un turno en el Sanatorio Allende, en Córdoba. El médico allí me indicó que me realizara una radiografía de tórax y ahí saltó la cuestión de la enfermedad. Iván Bitar me aconsejó que visitara un oncólogo del mismo Sanatorio Allende y por suerte zafé, no hizo falta operarme. El médico me dijo que haber jugado al fútbol tanto tiempo me ayudó mucho para que el cáncer no hubiese sido letal.

Soy de los que sostienen que me tocó porque era el destino, yo no era un gran fumador. Era encargado de la fábrica de manteca en la Cooperativa aquí en Arroyo Cabral y en el trabajo no fumaba. Y cuando llegaba a mi casa fumaba poco. Hay muchos ejemplos de casos de cáncer de pulmón de personas que nunca probaron un cigarrillo y conozco algunos. En esa época un día me lo crucé en el box a Mario Bachiochi, me quise morir cuando lo vi al “Flaco”.

La época de las drogas y los rayos fue durísima. Los días se hacían interminables. Después de eso me tuve que hacer un estudio en Buenos Aires y afortunadamente todo fue bien. Por entonces tenía 51 años.

-¿Jugó hasta los 41 años de manera oficial?

-Sí, se puede decir que lo disfruté hasta donde más pude. No quería irme, allí yo era feliz, siempre fui feliz en una cancha, en una práctica, rodeado de fútbol. Viví así y aunque ahora no puedo jugarlo, trato de disfrutarlo viéndolo, aunque las sensaciones no son ni parecidas, no se asemejan en nada.

-Después, para que el alejamiento no fuese definitivo incursionó en la AFUCO (fútbol comercial).

-Sí, con el equipo de Técnica Fotocopiadoras (Daniel Martino) y también en la categoría libres. Jugaba dos partidos de las ganas que todavía tenía. Fui un año. Hasta que en un partido me pegaron una patada con mala intención y entonces decidí no ir más. Yo lo que quería era divertirme, prolongar ese estadío de disfrutar en una cancha. Si bien uno siempre quiere ganar, no tenía que demostrar nada y sólo pretendía pasar un buen rato.

-Sin embargo, el fútbol apareció otra vez para tentarlo.

-Un día en la estación de servicio me los crucé al “Tula” Bertino y Oscar Donatti y me invitaron a jugar en Atilra con un grupo en el que hacíamos dos equipos, con jugadores ya veteranos y con códigos de no lastimarnos, a pelota dividida evitábamos el choque. De esa manera seguíamos jugando, que era lo que todos queríamos y compartíamos el posterior e infaltable asado. Jugué varios partidos y viajé con ellos a Paraná y Mendoza a unos encuentros.

Recuerdo que después que me hicieron los rayos y que pasó esa etapa había un encuentro de despedida de año en la Plaza Ocampo.  Quería jugar, por las ganas que siempre tuve y aún tengo y para saber cómo respondía, que respuestas podía tener físicamente. Me tiraron una pelota larga, piqué, me desgarré y allí se terminó la segunda y última etapa en condición de futbolista. Extraño el fútbol, el que fue futbolista seguro que sabrá entender lo que estoy diciendo.

Luego de ese desgarro me invitaron a que siguiera concurriendo, que caminara alrededor mientras ellos jugaban. Lo hice una vez, ver cómo jugaban era una tortura. Voy para el asado del Día del Amigo o para despedir el año, pero ni quiero ver como juegan y yo no puedo hacerlo, me hace mal. Tampoco puedo ir a la cancha, después que mi hijo (José) abandonó el fútbol por cuestiones de priorizar su trabajo no concurrí más a ver un partido.

-¿No siendo jugador pudo disfrutar viéndolo a José?

-Sí, claro. Aunque el nerviosismo me atrapaba lo disfrutaba. Además, lo acompañé siempre, desde la etapa de baby hasta que largó el fútbol. José era un jugador inteligente, lo mío era sacrificio.

-Los Navarro vienen de tradiciones justicialistas…

-Sí, mi tío Raúl fue candidato a intendente. Mi suegro fue presidente del Partido Justicialista. Yo estoy del mismo lado, pero diría que más que nada por tradición familiar y por algunos ideales, por supuesto, pero no milito, no participo, aunque observo, leo, escucho…y muchas cosas de las que hoy veo en la política no me gustan. Entonces, mejor lejos.

-Hubo un paso breve por la dirigencia de Colón y también por la dirección técnica.

-En la dirigencia estuve apenas un año, con José Bitar. En ese año cavé toda la zanja para la instalación de la iluminación en la cancha de Colón. Salía de trabajar a las 17 y me iba a la cancha a trabajar. Algunos que estaban en la comisión no colaboraban y sólo aparecían por la cancha los domingos, entonces cuando terminé con la zanja fue basta para mí.

Fui técnico también durante un año, en la misma época de José (Bitar). Dirigí la primera división con el Vasco Erreguerena como PF.  Cuando se armó la alianza entre Colón y Rivadavia me buscaron para que dirigiera la reserva y fui. La primera estaba a cargo del Zurdo Giacri y cuando él se alejó llegó Jorge Molina y me convocó para que fuera su ayudante. Yo seguía dirigiendo la reserva (le ganamos la final del campeonato de la Liga a Alumni) y en la primera colaboraba con Jorge (Molina). Jugamos un torneo Provincial.

-¿Por qué teniendo buenos futbolistas no funcionó ese proyecto, no tuvo continuidad?

-Las rivalidad era tremenda, cada uno tiraba para un lado, criticaba, cuestionaba, dividía en lugar de ir hacia adelante.

Hoy los clubes se sostienen por la ayuda que brinda el Municipio y algunos esfuerzos como por ejemplo el de “La Peca” Esquibel en Colón. La vida en los clubes está apagada, cuando se cayó la tapia fue necesaria la colaboración de la Cooperativa, la Municipalidad, la empresa Lorenzati, de lo contrario hubiese sido prácticamente imposible levantarla.

-¿Hace mucho tiempo que no se da una vuelta por el club?

-A la cancha dejé de ir cuando se retiró mi hijo y a la sede debe hacer unos diez años que no voy. Es como le decía, no soy de concurrir a los bares.

-¿Con el fútbol construyó su casa?

-Sí, gracias al fútbol. Yo soy de Colón, quiero al club, pero cobré siempre y sin fijarme lo que percibían los demás. Eran tiempos en los que venían refuerzos de Córdoba o de afuera y eran caros. Si yo no cobraba mi dinero, que era por mi esfuerzo, seguro se lo llevaba otro.  Y con esa actitud pude construir mi casa aquí en Arroyo Cabral. Nunca me senté en la secretaría del club a discutir por dinero, cuando me hacían pasar recuerdo que me decían sentate y hablamos, Y mi respuesta era, no hace falta, estoy bien así y lo mío es cortito, quiero (por ejemplo) 100 pesos. Creo que ni escuchaba la respuesta porque siempre era la misma, pero siempre terminé arreglando, porque seguía entrenando. El viernes cuando quedaba definida la formación del equipo para el primer partido del campeonato, yo aclaraba que me no me habían arreglado y ahí entonces llegaba la solución, ni un peso más ni un peso menos. Todos los años era la misma historia y con el mismo desenlace. Yo quería la mía (la plata), la que consideraba que me correspondía y estoy seguro que había jugadores que ganaban más que yo, pero eso no me importaba, no pretendía ser el mejor pago del plantel, sólo que se me respetara el acuerdo.

-Por su posición en el campo, siempre tenía enfrente al mejor futbolista del rival (el “10”). No sólo que lograba anularlo, sino que había respuesta física para que los roles se invirtieran cuando ya pasaban los 10 ó 15 minutos del segundo tiempo.

-En mis mejores años tenía un gran despliegue por una muy buena condición física. Entrenaba bien, como un profesional, y me cuidaba, no salía y en esa época nos concentraban todos los sábados. Disfrutaba de la posibilidad de concentrar, ya comenzábamos a meternos en el partido del domingo el día anterior. El que te complicaba el partido siempre era el Negro (Miguel) Ludueña, un jugadorazo. Con él en esos años éramos rivales durante el año y compañeros en el Seleccionado de la Liga. Concentrábamos en La Casa de la Familia.

-¿De esa época que otro futbolista lo deslumbró?

-Rubén Cicarelli. El “Tati”, un crack, por suerte lo tenía de compañero. Jugaba de 5, pero era completo, todo giraba a su alrededor. Parecía que la pelota siempre lo buscaba.

-En Alumni tuvo un paso en 1984.

-Cuando Alumni se fue a jugar a la Liga Cordobesa. Me pasaba a buscar “Cachi” Formía que trabajaba en la Municipalidad de La Palestina. Llegábamos juntos a entrenar. Jugué unos cuantos partidos, contra Belgrano en Córdoba, Las Palmas, Unión San Vicente en el Chateau. Estaban el “Loco” Salinas y el “Flaco” Stobbia, Rapetti, Cáceres, Agonil, Jorge Molina, Hiotidis, el “Gaucho” Beltramo, Rubén Guillen entre otros. Recién estaba apareciendo “Pelé” Sánchez. Para el segundo campeonato lo trajeron a Coffone. Concentrábamos en el Hotel Antares.

-¿Cuál era la fórmula de ese Colón campeonísimo en la década del 80?

-El grupo, ningún equipo que no tiene a la mayoría de sus integrantes tirando para adelante puede salir campeón y en ese Colón había grandes jugadores que dentro de la cancha dejaban todo y afuera tenían muchas cosas en común. Fui campeón con Colón en las temporadas 1982, 1986,1987, 1988 y 1989. Jugábamos casi de memoria. Después Colón siguió teniendo buenos jugadores a través de los años, incluso fue campeón, pero las camadas ya eran diferentes. Hoy los pibes terminan de entrenar y en el caso que haya un asado, se van enseguida.  No se quedan a compartir, no charlan entre ellos. Y si sólo se remiten a entrenar es muy difícil amalgamar los grupos.

-¿Cómo definiría la realidad de nuestro fútbol?

-Es pobre, cada vez más, hay jugadores de menor calidad, también es menor el compromiso, tengo la percepción que a los entrenadores les cuesta armar los grupos y sin buenos grupos es muy complejo que aparezcan buenos equipos. Recuerdo mis últimos años como jugador, yo ya tenía 41 años, era como que no quería irme del fútbol. Si había algún asado después de la práctica los más jóvenes comían dos bocados y se iban. Nos quedábamos solos con “Yepín” Soppeno (José). Nos mirábamos y no podíamos explicarlos lo que sucedía. En otras épocas nos quedábamos jugando a las cartas un buen rato, hablando, contándonos cosas o cantando. Pero en ese momento compartido se creaban afinidades, amistades, sociedades que después se trasladaban a la cancha.

 

 

A los 63 años, en vísperas de una nueva primavera, reposa, descansa Carlos Navarro, el de las palabras tibias y simples y con tonos bajos, el mismo de aquel tranco generoso, transpirado, incansable.

El fútbol es una cédula de identidad que se comparte con los otros, o sea un modo de que, en esta edad de indiferencias, nadie sea del todo un solitario. Y entre decenas de recuerdos y de batallas ganadas, en una cancha y fuera de ella, se relaja este guerrero de la banda derecha.

El fútbol y la vida están llenos de misterios sencillos. Las entrevistas no le gustaron nunca, pero la convocatoria lo sorprendió, la charla le permitió volver a soñar hacia atrás. Acaso fue un azar de la tarde. O tal vez una prueba de que el fútbol, esa memoria dulce, siempre es un camino para volver a la juventud y a los años felices.

 

 

 

 

 

 

 

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