Por Alberto Arce (p)

Nos enteramos de su partida mientras la atmósfera se tragaba el vapor del primer café de la jornada.
Y después que el corazón se estrujara de dolor por la pérdida, nos imaginamos de inmediato que un amigo suyo de toda la vida, el inolvidable “Pololo” Sánchez, lo estaría esperando en la puerta del paraíso; primero para darle un enorme abrazo e iniciar de inmediato una discusión sobre algunos futbolistas de las divisiones inferiores “que ya están para primera”.
A diferencia de los que están en el mundo y no saben para qué, él estaba feliz en lo suyo.
Estaba convencido que las soledades amagan con ser sombras infinitas, pero, en general, se cansan y se van. Unión Central lo atrapó desde la niñez, a tal punto que le fracturó los asombros y le sedujo el corazón. Y conmovido por su magia no lo abandonó nunca.
La bandera a cuadros que marcó el final de su vida la recibió pisando los 70. Y en Unión Central y los clubes de fútbol de la villa hubo una serie interminable de muestras de pesar.
En ese lugar (Unión Central) cada visita por la tardecita tenía el valor de una fiesta. Porque había algún vermouth, palmada y discusión encendida, como solamente discuten los pasionales, los que no están impermeabilizados con el mismo material que el consumo envolvió las tarjetas de crédito y la vida paso a paso los va convirtiendo en insensibles, descreídos e incapaces de emocionarse.
«Cuesta mucho encontrar un sitio propio y éste es el mío», solía decir a sus amigos.
De un modo u otro, no se rendía. «A veces no nos favorecen las circunstancias, pero igual hay que reivindicar los mensajes que nos justifican la vida», sostenía. Y volvía a enfrascarse en su mundo, sosteniendo una y otra vez a quien quisiera escucharlo que ninguna gloria es más grande que ser quien uno quiere ser.
Juan Carlos Turco murió en un septiembre de muchas tristezas y en ese centenario club de la calle Rucci ya encontrarán la mejor de homenajearlo. Fue desde quién sabe cuándo uno de los más pasionales polemistas de fútbol de ese bar y de todos los bares posibles, algo que resultaba hasta lógico porque tenía aprendido en las calles de su barrio que las cosas que no se viven con pasión en realidad no se viven. Vamos a recordar entre nostalgias a este hombre dueño de una historia de dignidades sencillas que vivió con la certeza de que las derrotas son lecciones y no calamidades.
Dejó su simpleza y su bondad y la seguridad de que adentro de la palabra riqueza caben mucho más que billetes “verdes” a casi 40 pesos.

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