Tío Pujio se conmovió en la mañana de hoy con la noticia. Víctima de una cruel enfermedad falleció Diego “Chuncho” Mutigliengo, el reconocido entrenador de básquetbol, creador de “Las Panteras” y director técnico de los seleccionados de la Asociación Villamariense de Básquetbol y de la Federación Cordobesa.

Su deceso produjo mucho pesar en la localidad y en el ámbito laboral de Diego (Municipalidad de Tío Pujio) y el deportivo, donde se ganó el respeto, la consideración y el afecto de quienes convivieron con él en los últimos años.

Sus restos serán velados desde las 16 en el Polideportivo de Tío Pujio y recibirán sepultura este domingo a las 10 de la mañana en el cementerio local.

 

EN LA DESPEDIDA DE “CHUNCHO” MUTIGLIENGO… “PELOTAS Y PANTERAS” (nota publicada en Puntal Villa María el pasado 4 de septiembre de 2018).

Por Alberto Arce (p)

Diego soñó la idea y se entusiasmó. La primera en conocer su proyecto fue su almohada, después su familia, luego su hermana (Silvina) y así llegó hasta la intendente del pueblo (Nancy), quien se entusiasmó con el “taller”, no sospechando ninguno de ellos que la cosecha sería quizás la mejor que se recordará por siempre por esos lugares.

Miró básquetbol de todos los rincones del mundo y soñó con la siembra, con aire y agua para vivir, sabiendo perfectamente que en eso consistía el secreto, además de una muy buena publicidad boca a boca.

Como no había recursos económicos disponibles, todo tuvo que ser artesanal. No eran tiempos de siembra directa, como los actuales, como sostiene Serrat (Joan Manuel), entonces había que ilusionarse con golpes de sol y de agua.

Además de entrenador, tuvo que convertirse en “predicador de básquetbol”. Llevar la palabra santa casa por casa. Por entonces el plano del pueblo (Tío Pujio) estaba conformado por poco más de 600 viviendas. Hoy, casi dos décadas después de aquel génesis, ya suman unas 1.000.

Una y otra vez camino a su trabajo pensaba en el proyecto, hablaba, sembraba y por las noches seguía soñado. Así todos los días de cada calendario.

Sembraba las calles de su pueblo con básquetbol, pero femenino, cuando nadie (o casi nadie) por estas latitudes pensaba en ello con tanto entusiasmo e intensidad.

Es probable que en sus antepasados hubiese cosecheros que no hacían su trabajo sólo con los métodos tradicionales.

A esta altura de la vida -cuando las canas ya forman parte del paisaje- está convencido que la tierra era parecida a la gente, y que la tierra y la gente necesitan casi lo mismo: alegría, intensidad, esfuerzo, pasión, respiración, expectativa, arranques, desenlaces, amor. Para darse eso ellos como gente y para dárselo, además, a la tierra, en cada anochecer en el que concluían su labor se jugaban ahí mismo, sobre la tierra, un buen partido. Azorado, con un café de verano temblándole en los dedos, uno podría preguntarse: “¿Un partido?” Y obtener una respuesta así: “Sí, un partido. No se imaginan, pasado un tiempo, lo felices que brotaban los cultivos de esa tierra”.

Contó que el básquetbol había sido la receta que acompañó a la tierra en las épocas malas de cielos secos o de lluvias impiadosas y que, aunque sentía que a veces el clima lo hacía perder partidos, cosechas o sueños, invariablemente volvía a comenzar.

Pasaron los años, la base de jugadoras se fue extendiendo, las jugadoras crecieron y fueron madres, pero la primera de las grandes satisfacciones fue que el fruto de su amor de pareja ni bien dio sus primeros pasos visitó los nuevos escenarios, las canchas de básquetbol.

Cuando eso sucedió las sensaciones que lo invadieron fueron maravillosas. Algunos, sus afectos más cercanos, aseguran hasta que lloró y con lágrimas gruesas, de esan que dejan un surco en el rostro durante su recorrido. La continuidad de la cosecha estaba asegurada.

El pueblo ya estaba listo para lo que vendría. Tardes y noches de básquetbol se sucederían hasta ganar espacios y soñar en grande.

Alucinación colectiva o tendencia de estación

Nadie recuerda si todo comenzó durante la décima noche de esa primavera tibia o si ocurrió en la mañana siguiente, mientras el viento soplaba. Ya no importa. Lo único que importa es que primero un árbol, y enseguida otro árbol, y después todos los árboles, dejaron de exhibir hojas verdes o amarillas y, en cambio, les empezaron a brotar pelotas de básquetbol. No había manera de no percibirlo. Las pelotas colgaban de las ramas, adornaban los troncos y mandaban en los paisajes. Al principio, se interpretó que se trataba de una alucinación colectiva o, a lo sumo, de una tendencia de estación. Pero luego se hizo evidente que el básquetbol se había apoderado de la naturaleza.

Había más pruebas: los jardines domésticos ya no lucían flores amables, sino tallos de los que surgían, redondas e inconfundibles, pelotas de básquetbol. Decenas de niñas intentaban en la escuela que en los frascos germinaran porotos pero, para pasmo de sus docentes, sólo veían crecer pelotas y más pelotas de básquetbol. Y chacareros de cien cosechas verificaban que no había semillas que cambiaran el destino de cada cultivo: en la inmensidad de los campos, allí donde debía aparecer la variedad de la vida, la tierra ofrecía puras pelotas de básquetbol.

Sin embargo, se sabe que la naturaleza es sorprendente pero, al final, comprensible. Por eso, en la soledad de la reflexión, hubo gente que entendió lo que pasaba. Alguien lo dijo: “El deporte es arrasador. Se está comiendo a las plantas y a las hojas y amaga devorar más cosas. Así acontece de tanto en tanto en el ciclo de la existencia. Algo que es bonito, es valioso y nos concede felicidad se sale de su esencia y puede convertirse en una especie de plaga”.

Como otras veces, los argumentos ciertos quedaron lejos de muchos oídos. Mercaderes a montones ya enseñaban, convencían y, sobre todo, vendían los presuntos beneficios de comer, respirar, soñar y poblar el horizonte entero con pelotas como si el deporte fuera una nueva naturaleza que sustituía a la naturaleza original.

Desde entonces, la gente que advirtió las razones del fenómeno palpita preocupaciones. Pero, contra lo que podría suponerse, no sucumbe en la desesperanza. Intuye esa gente que algún día los árboles recuperarán las hojas y deporte, esa dicha, dejará de invadir todo. Acaso no sea demasiado difícil. Al cabo, existe un camino posible: si algo tienen en común el deporte y las plantas es que, cuando abundan los problemas, no hay receta mejor ni más grande que recuperar las raíces.

Vivencias como esta y seguramente muchas más tiene la historia de la Escuela Municipal de Deportes de Tío Pujio, un pueblo que con menos de 1000 hogares cuenta con 100 jugadoras en “Las Panteras”. Un 10% de esas familias tiene a alguna de sus integrantes pensando en pelotas naranjas, haciendo movimientos de pases imaginarios o lanzamientos al aro durante varios pasajes de cada día, estando o no en la cancha.

Es un porcentaje altísimo para un deporte en su versión femenina. Para que veinte años después de aquella primera siembra hoy la cosecha sea nada menos que un título provincial (ser las mejores de la geografía cordobesa en la categoría Sub-13) fue necesario el entusiasmo interno, el compromiso externo y los esfuerzos conjuntos.

Cuando se construyó el gimnasio del Polideportivo “Las Panteritas” ya tenían casi todas las categorías, desde mosquitos a mayores, con viajes asegurados y facilitados en la mayoría de las ocasiones por el Gobierno Municipal, con el aporte en indumentaria deportiva por la Cooperativa del pueblo en la gestión de Darío Ranco, con el aporte de los padres de las jugadoras y con la ayuda de cientos de vecinos que cuando se inician las “campañas de timbreo” atienden sin miedo de encontrarse con un “viste que “¡Se puede!” o “¿Viste lo que estamos logrando juntos?” porque saben de antemano que se trata de una venta de pastas frescas o exquisitos alfajores de maicena que permiten recaudar fondos para seguir jugando.

Diego (Mutigliengo) es el protagonista principal de esta historia, que en este capítulo de septiembre trajo el adelanto de una primavera en flor con Morena Canónico, Lucila Ferrero, Martina Moroncini, Celeste Canelo, Ingrid Leoni, Bianca Gay, Damaris Martínez, Belén Báez, Leines Zanetti, Paula Ferreyra, Agustina Aráoz y María Fernández, las pibas campeonas que han tenido la primera de las grandes satisfacciones deportivas de su corta vida.

La historia de esta película promete más capítulos, porque el sueño y los sembradíos de Diego (Mutigliengo) van por nuevas cosechas. Lo que se inició como un taller municipal se convirtió en un hecho deportivo muy trascendente para la historia deportiva del pueblo.

Las Panteras hoy ocupan un espacio trascendente en la consideración de la comunidad y son tema de conversación, como alguna vez lo fueron las peleas mundialistas del “Gringo” Merani, los títulos de la Liga de Hipólito Yrigoyen o la campaña del “rojo” en uno de los viejos torneos Regionales.

El futuro no muy lejano seguramente traerá un piso flotante que permitirá poder localizarse en el Polideportivo, previas reuniones con un proyecto que comprometa esfuerzos compartidos, sin perder de vista que en ese gimnasio hay otras actividades que también comparten la cotidianeidad y los proyectos deportivos y sociales del gobierno local.

Hoy Diego se subirá a la camioneta como todos los días y mientras observe el camino y las calles sembradas de pelotas naranjas (con el tiempo se convenció que no es una alucinación, sino su propia cosecha) seguramente agregará una nueva certeza: que jugar siempre es una excusa esencial y fascinante para poder vivir.

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