Tatá jugando el Nacional con Huracán de San Rafael de Mendoza. ante River Plate. El que está de frente es Carlos Horacio Salinas, a la derecha un juvenil Daniel Passarella

Por Alberto Arce (p)

Los Magrín (“Fideo”, “Manolo” y el “Golo), muchachos de barrio, de ese Ameghino pujante, populoso, ardiente y pasional, y muchos más lo vieron atajar en el equipo del club. ¿Cómo atajar?
Si atajar, acción de un arquero, portero, guardametas. Es necesario transmitirle a los más pibes que ese Ameghino que hoy es orgullo en básquetbol, antes fue fútbol, bochas, patín y hockey.
Y Miguel Angel Requena, el “Tatá” futbolísticamente nació allí, en ese club para luego pasar a Chacarita, Gutiérrez (Mendoza), Alumni, Sportivo Belgrano de San Francisco, San Telmo, Huracán de San Rafael, Palermo en Córdoba (el de la fusión con Lavalle, que dio nacimiento a lo que hoy es Unión San Vicente).
Jugó Nacionales, cuando los equipos del interior enfrentaban a los grandes del puerto, y el fútbol era una fiesta.
Integró el plantel de Alumni que en el año 1976 realizó una gira por Chile. Eran años de Hernán Ríos (marcó un antes y un después en la historia del “fortinero”) y de títulos consecutivos 1977, 1978, 1979.
Lo que siguió fueron dos vueltas olimpícas consecutivas de Alem, curiosamente con su hermano (Mario Requena) dirigiendo a un plantel con una personalidad admirable que rompió con esa seguidilla y tenía en el ataque a una dupla temible, Arturo Ramallo – Ismael Etrat.
“Tatá” falleció en la medianoche del viernes, en Mendoza, donde muchos como los Magrín en Villa María recuerdan sus atajadas en los Nacionales de AFA.
Un deteriorado estado de salud fue apagando su vida. Lo lloran sus tres hijos, sus afectos, sus hermanos Mario y Silvina (el otro es el inolvidable Eduardo, el maestro que se llevó la oscura noche de la dictadura setentista).
Ayer a través de las redes sociales muchos de sus ex compañeros y ocasionales adversarios (Ismael Etrat, Henry Rapetti, Lorenzo López, Antonio Mazzini, entre otros) lo acompañaron en el adiós, destacando sus condiciones futbolísticas y su calidad de persona. También la gente de Ticino, donde dejó su huella.
Cuando un arquero se va, no sólo el arco queda vacío. Deja enseñanzas eternas.
Muchas de ellas que fueron suyas no podamos tocarlas. Nos dejó el humo de los cigarrillos que fumó en los entretiempos de nervios y la mística de un vestuario antes de salir a una cancha, el miedo de un chiquito al cabecear un centro y la certeza de que las derrotas son lecciones y no calamidades, la tentación de patear cualquier pelota y la sensación de ser con otros que florece en las tribunas. Eso es casi todo el testamento.
¿Poco? Qué va a ser poco es inmenso. Una fortuna para los futboleros que saben que un partido es mucho más que 90 minutos, que 22 esforzadas voluntades corriendo detrás de una pelota en los dorados colores de este otoño.
Se fue “Tatá” para completar la trilogía de arqueros celestiales junto al “Loco Tonio” y “Cacho” Destéfanis.
Alguna vez eligió el arco y allí se quedó para siempre.
Un hogar no se vuelve propio por abundancia de techos y paredes, sino porque cobija una felicidad posible. Y allí “Tatá” fue feliz.

 

Esta nota fue publicada por Puntal Villa María en su edición de este domingo 12 de mayo. 

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